Todavía Rosario Castellanos

Todavía Rosario Castellanos

  • El Economista (México)
  • 2 Aug 2021
En Mujer que sabe latín, hay una rabiosa decepción por la desigualdad y en su momento fue, más que un escándalo, un primer momento feminista.

“¿Qué se hace a la hora de morir?, -se preguntaba Rosario Castellanos -¿se vuelve la cara a la pared?, ¿se agarra por los hombros al que está cerca y oye?, ¿se echa uno a correr, como el que tiene las ropas incendiadas, para alcanzar el fin? ¿Cuál es el rito de esta ceremonia?, ¿quién vela la agonía?, ¿quién estira la sábana?, ¿quién aparta el espejo sin empañar?”.

Nunca contestó. No tuvo tiempo. Porque dejó este mundo demasiado pronto: el 7 de agosto de 1974. Es por ello que vale la pena adelantar la celebración de su memoria. Cuarenta y siete años han pasado y todavía sigue aquí.

Rosario Castellanos cultivó todos los géneros, especialmente la poesía, la narrativa y el ensayo; colaboró con cuentos, poemas, crítica literaria y artículos de diversa índole en los suplementos culturales de los principales diarios del país y en revistas especializadas de México y del extranjero. En Excélsior colaboró asiduamente en su página editorial, Se inició en la literatura como poeta; y desde 1948 hasta 1957 sólo publicó poesía. Después vino un periodo de narradora y compromiso social. Balún Canán, su primera novela, con un gran número de ediciones y traducida a muchas lenguas. Esta obra junto con Ciudad real, su primer libro de cuentos, y Oficio de tinieblas, su segunda novela, forman la trilogía indigenista más importante de la narrativa mexicana del siglo XX.

Empezó a escribir poemas en 1940. Sus primeras influencias, según confesó en una célebre entrevista que le hizo Carballo, fueron las más fáciles de adquirir, las primeras cosas que leía, ya que creía que su formación literaria había sido muy deficiente. Pero ya sabía de lo esencial, que las palabras eran el único modo de alcanzar lo permanente en este mundo.

“En 1948 –siguió diciendo en la entrevista– encontré un libro revelador: la antología Laurel. Ahí leí Muerte sin fin, de José Gorostiza, que me produjo una conmoción de la que no me he repuesto nunca. Bajo su estímulo inmediato, aunque como influjo no se note, escribí en una semana Trayectoria del polvo”.

Este, su primer libro, era una especie de resumen autobiográfico de sus conocimientos sobre la vida –que eran literarios, filosóficos y hasta antropológicos– sobre los derroteros de su corazón y sobre sus impresiones acerca de los demás. Una manera de expresarlo todo en forma de poema largo, de gran aliento. En aquel libro aparece la frase “hoy es en mí la muerte muy pequeña y grande la esperanza”. En aquellos momentos, es cierto, Rosario todavía estaba llena de esperanza.

Ganadora de premios y becas, ensayista, cuentista y tocada –en toda su desolación y su grandeza– por la poesía, vivió escribiendo, tranquila, algunos años. Pero la realidad –la injusticia, el desamor, los dolores de su pueblo chiapaneco– la sumieron en una profunda crisis religiosa. Y entonces –lo dijo por escrito y en voz alta– “dejó de creer en la otra vida”.

“A Dios, lo he perdido” –le dijo a Carballo– “y no lo encuentro ni en la oración, ni en la blasfemia, ni en el ascetismo ni en la sensualidad”.

A aquella desolación vinieron a sumarse otras: sobre todo su anhelo de congraciar al género femenino con el mundo. En Los convidados de agosto como en muchos otros de sus textos, ilustró la actitud de las mujeres, representadas en esos personajes femeninos abnegados, burlados, maltratados y engañados por sí mismos, ubicados en mundos sentimentales. Mujer que sabe latín fue quizá su máxima reflexión sobre la condición femenina. Una obra que, a pesar de augurar nunca tener buen fin, cambió el destino de muchas.

En aquel texto Castellanos escribió: “a lo largo de la historia la mujer ha sido más que un fenómeno de la naturaleza, más que un componente de la sociedad, más que una criatura humana, un mito”.

Cierta furia fundamental existía en sus palabras. Una rabiosa decepción por la desigualdad, la discriminación, la estupidez. Y en su momento fue, más que un escándalo, un primer momento feminista. Una declaración de avanzada. Porque si todavía es difícil darle vuelta a la hoja, mucho más andar diciendo que las mujeres tienen la condición fantástica de ser un mito y debería celebrarse la naturaleza casi sobrehumana de lo femenino. Difícil. (Sobre todo si todavía subyace la pregunta “¿Y qué me habrá hecho de cenar mi mujercita?”, mientras existen tantos ojos cerrados por el pánico de perder la vida).

Triste, indignante y aterrador pero la igualdad sigue siendo una quimera. Una falta gramatical extrema, una suerte de sueño guajiro, la lucha de las que ya no son una minoría. Aunque sea innegable que las cosas han cambiado desde los tiempos de Rosario Castellanos y la participación de las mujeres en el mercado laboral, intelectual, académico y artístico ascendió en las últimas cinco décadas. Aunque las oportunidades no tanto. Aunque el cambio de nuestro añejo y habitual papel social siga siendo una amenaza.

Parecería que Rosario Castellanos lo puntualizó todo en aquel libro derivado de la frase “mujer que sabe latín ni nunca se casa ni tiene buen fin”, pero ella no lo creía y nosotros tampoco. Mucho le gustaría saber que aquí estamos y todavía vamos por más.

Triste, indignante y aterrador pero la igualdad sigue siendo una quimera, aunque sea innegable que las cosas han cambiado desde los tiempos de Rosario y la participación de las mujeres ascendió en las últimas cinco décadas.

08/02/2021 Javier

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