Y ya van 107 y todavía lo amamos

El Economista (México)

23 Aug 2021

Por Cecilia Kühne

Julio Cortázar nació en Bruselas el 26 de agosto de 1914, cumpliría 107 años.

Difícil escribir sobre Cortázar y no comenzar diciendo “queremos tanto a Julio”, en franca y desgastada alusión a uno de sus mejores cuentos (Queremos tanto a Glenda). Imposible evitar la confesión, porque cuando lo quieres, siempre lo quieres tantísimo que pocas cosas bastan. Todavía es más difícil hablar de él cuando se acerca su cumpleaños.

Su nacimiento, en Bruselas el 26 de agosto de 1914, fue “producto del turismo y la diplomacia”, escribió alguna vez en una carta fechada en 1963. “Tenía casi cuatro años cuando mi familia pudo volver a la Argentina. Hablaba sobre todo francés, y de él me quedó la manera de pronunciar la «r», que nunca pude quitarme. Crecí en un pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con un gran jardín lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso “yo era Adán, en el sentido de que no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados.”

La carta es larga. Una oportunidad de conocer su infancia y buscarnos en él como en espejo. (¿Será cierto que todos los buenos escritores han tenido una infancia infeliz?) Julio responde: “Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra “madre” era la palabra “madre” y ahí se acababa todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mí un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba.”

Pero no se estrelló. Tomó la pluma y se convirtió en uno de los escritores más importantes de Latinoamérica. Traductor y cuentista fue autor de Rayuela un hito de la literatura en español, calificada como una antinovela y una de las mejores piezas del famoso boom latinoamericano. En su primera edición vendió 5,000 ejemplares y fue tema de un sinfín de artículos y ensayos. Tal éxito se debió a muchos factores: su aire vanguardista, su profundidad y desenfado, la creación de una nueva sintaxis; el hecho de que puede leerse –como jugando rayuelade principio a fin o siguiendo las instrucciones del autor, olvidando los capítulos prescindibles o recorriendo un rompecabezas propio.

“Escribía largos pasajes de Rayuela sin tener la menor idea de dónde se iban a ubicar y a qué respondían en el fondo. Fue una especie de inventar en el mismo momento de escribir, sin adelantarme nunca a lo que yo podía ver en ese momento”, dijo Cortázar al respecto. “Una obra que puede recorrerse como se quiera, porque cada capítulo es una unidad en sí mismo”. Críticos y lectores dijeron que “así no eran las novelas”. Y tuvieron toda la razón porque Rayuela no puede compararse con ninguna.

Sin embargo, son los cuentos las joyas más preciadas y apreciadas de la obra de Julio Cortázar. Aunque algunos lo atribuyan a que quiso la fortuna que el primero de ellos llamara la atención de la persona justa. Escribe Jorge Luis Borges:

“Una tarde, nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito. No recuerdo su cara; la ceguera es cómplice del olvido. Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en la imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula Casa tomada.”

Así, su bautizo en letras de imprenta fue en la revista Anales de Buenos Aires que dirigía Jorge Luis Borges. Julio no se detuvo en géneros y estilos. Publicó Historias de cronopios y de famas, con sus inolvidables Instrucciones (para llorar, para dar cuerda al reloj, para entender tres pinturas famosas, para subir una escalera) su lista de Ocupaciones raras y todas las señales para entender la amargura de los Famas y la insondable alegría de los Cronopios. Y no dejó de regalarnos sorpresas y maravillas El mismo año de su muerte, en 1984, publicó Salvo el crepúsculo, un libro que nos volvió a dar material para seguir queriéndolo. Siempre fuiste mi espejodice uno de sus poemas- es decir, que para verme tenía que mirarte.

Y ya van 107 y todavía lo amamos

El Economista (México)

23 de agosto de 2021

Por Cecilia Kühne

Julio Cortázar nació en Bruselas el 26 de agosto de 1914, cumpliría 107 años.

Difícil escribir sobre Cortázar y no comenzar diciendo “queremos tanto a Julio”, en franca y desgastada alusión a uno de sus mejores cuentos (Queremos tanto a Glenda). Imposible evitar la confesión, porque cuando lo quieres, siempre lo quieres tantísimo que pocas cosas bastan. Todavía es más difícil hablar de él cuando se acerca su cumpleaños.

Su nacimiento, en Bruselas el 26 de agosto de 1914, fue “producto del turismo y la diplomacia”, escribió alguna vez en una carta fechada en 1963. “Tenía casi cuatro años cuando mi familia pudo volver a la Argentina. Hablaba sobre todo francés, y de él me quedó la manera de pronunciar la «r», que nunca pude quitarme. Crecí en un pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con un gran jardín lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso “yo era Adán, en el sentido de que no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados.”

La carta es larga. Una oportunidad de conocer su infancia y buscarnos en él como en espejo. (¿Será cierto que todos los buenos escritores han tenido una infancia infeliz?) Julio responde: “Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra “madre” era la palabra “madre” y ahí se acababa todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mí un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba.”

Pero no se estrelló. Tomó la pluma y se convirtió en uno de los escritores más importantes de Latinoamérica. Traductor y cuentista fue autor de Rayuela un hito de la literatura en español, calificada como una antinovela y una de las mejores piezas del famoso boom latinoamericano. En su primera edición vendió 5,000 ejemplares y fue tema de un sinfín de artículos y ensayos. Tal éxito se debió a muchos factores: su aire vanguardista, su profundidad y desenfado, la creación de una nueva sintaxis; el hecho de que puede leerse –como jugando rayuelade principio a fin o siguiendo las instrucciones del autor, olvidando los capítulos prescindibles o recorriendo un rompecabezas propio.

“Escribía largos pasajes de Rayuela sin tener la menor idea de dónde se iban a ubicar y a qué respondían en el fondo. Fue una especie de inventar en el mismo momento de escribir, sin adelantarme nunca a lo que yo podía ver en ese momento”, dijo Cortázar al respecto. “Una obra que puede recorrerse como se quiera, porque cada capítulo es una unidad en sí mismo”. Críticos y lectores dijeron que “así no eran las novelas”. Y tuvieron toda la razón porque Rayuela no puede compararse con ninguna.

Sin embargo, son los cuentos las joyas más preciadas y apreciadas de la obra de Julio Cortázar. Aunque algunos lo atribuyan a que quiso la fortuna que el primero de ellos llamara la atención de la persona justa. Escribe Jorge Luis Borges:

“Una tarde, nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito. No recuerdo su cara; la ceguera es cómplice del olvido. Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en la imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula Casa tomada.”

Así, su bautizo en letras de imprenta fue en la revista Anales de Buenos Aires que dirigía Jorge Luis Borges. Julio no se detuvo en géneros y estilos. Publicó Historias de cronopios y de famas, con sus inolvidables Instrucciones (para llorar, para dar cuerda al reloj, para entender tres pinturas famosas, para subir una escalera) su lista de Ocupaciones raras y todas las señales para entender la amargura de los Famas y la insondable alegría de los Cronopios. Y no dejó de regalarnos sorpresas y maravillas El mismo año de su muerte, en 1984, publicó Salvo el crepúsculo, un libro que nos volvió a dar material para seguir queriéndolo. Siempre fuiste mi espejodice uno de sus poemas- es decir, que para verme tenía que mirarte.